Un poema de Francisco Salazar Martínez.

Un poema de Francisco Salazar Martínez.

General Juan Vicente, compatriota y amigo: desde este noble México donde Cuauhtémoc alimenta la sangre de la historia y uno puede reír sin que le fiscalicen la intensidad sincera de su risa ni el agua de su llanto, porque haya mucho tiempo que Porfirio 1, como libro llama Diego , dejó de apostar sus nalgas en un trono de flores, yo no podía callar está necesidad que cumplo de escribirte.

Aunque sé que no existes, pues creo que en el infierno se pagaron tus huesos, le escribo a tu memoria.

Escúchame en cenizas o en el pensamiento de quienes todas las mañanas en mi país de origen evocan tu manera de poner en parábolas la sangre o de mandar custodiar la rosa por el temor de que ésta no pusiera en tu contra las abejas.

Escúchame. Te grito con el alma asomada a la garganta, con la mano del pueblo enlazada a mi mano, formando un sólo puño rebelde de armonía.

Hasta cuando tus botas, tus enlodadas botas de campesino metido a comandante de moscas eruditos que buscaban en César una justificación para tu "democracia", habrán de continuar ensuciando las calles matando la ternura de continuar de sus gentes, ahogan la alegría de los niños cuando van a la escuela y se hallan en la esquina al policia mandando a circular para que no le estorben el transito de balas.

Hasta a cuando tus dichos y refranes estarán en las bocas de los que han uniformado las palabras y puéstoles fusiles como acentos; yo te pregunto y quiero que me respondas: cuándo te disponer a morir definitivamente.

Porque en verdad te digo que estamos ya cansándonos; el poeta quiere cantar a gritos como ua cantado siempre y romper su guitarra contra el árbol cuando le dé la gana; el estudiante quiere conservar fresca su rebeldía, que no le encierran en programas su manera de ser tan arbitrariamente hermosa; y hasta los animales familiares, el perro, por ejemplo, o por ejemplo, el burro desean de todo corazón enamorar con gritos a la luna a repetir con gracia las vocales del alfabeto asnal.

Esto, sin que les asigne determinado tiempo o las veces cuando deben cantar.

Que disciplina, General, qué disciplina! Ya ni siquiera el mono puede romper la geometría de su trapecio ni refutar a Darwin; porque es el mono, General, quien desciende desde luego del hombre sí es que vamos a creerme a tu figura.

Y todo lo debemos abtus buenos discípulos que asesinan las leyes y se quedan tranquilos con una margarita ente los dedos y un silbido en los labios como hilvanando un triunfo.

Basta ya General.

No te basta la gloria de otros días cuando con sangre bautizaban el cesarismo de tu filosofía?

Todavía están presentes, frescas en la memoria, las figuras tan nobles de Eutimio, el estudiante, y de Armando Zuluaga, estudiante también; semillas germinadas por siempre en nuestro espíritu. No se puede olvidar, no General.

El tiempo es un archivo de gestos y actitudes y el tiempo no nos puede arrebatar los que tenían por armas la desnuda palabra de sus sueños.

Hoy, cuando se reparte tu alma en muchas partes, repartición de espadas como panes.

Cuando Trujillo corta cuellos como si fueran yerbas y en España, Franco continua asesinado a Federico, no podemos ponerle muros de piedra al canto.

Whitman está de nuestra parte, con nosotros camina la iluminada sombra del Presidente Lincoln, con nosotros Bolívar y Martí y Juan y Sarmiento marchan gritando a voces la gran verdad de América, la verdad que se empina en el lomo del Ande y cabalga kilómetros y se mete en el alma como un ave de amor.

Todos vamos cantando con los pájaros y los árboles, ebrios de brisa y flores, marchan a nuestro lado con sus ramas alzados como puños.

El mar alzó también sus hombros se salió del cauce, porque con olas y con ramas y con flores y brisas, vamos a destruir la moradas que fundaste, Gran payaso del vino, dale reposo al sueño y déjanos dormir.

Nosotros los que un día, hace muy poco, amanecimos con la luz golpeandonos la puerta del desvelo, que no hemos disfrutado del tiempo necesario para buscar novia, ni para reposar bajo los parques mirando el juego de los niños, queremos descansar.

Tú no comprendes, no, tú no comprendes que es la hora del pueblo, de este pueblo de América levantado en la espiga de Neruda como una tempestad, como una tempestad, como un disciplinado y noble puño tan apretado al brazo de nuestra geografía; el pueblo sufrido y musical e Nicolás Guillén, el que trabaja y canta cual una caña dulce y se embriaga con rones de tambor; el pueblitos blanco, el pueblo negro, el pueblo indio, el de Miguel Otero, el que taladra el pozo y no reposa y el que Huasipungo pone de pie sus huesos doloridos; el pueblo donde hay ángeles negros que cantara el tierno Andrés Eloy, el pueblo de la copla enlazada a los labios como el nombre sagrado de las madres, sin guardias que le pongan precios a la emoción, donde nadie tiene temor de respirar el aire n de beberse a solas el vino de la luna en mitad de la noche.

Tu no reposa nunca.

Tu sombra es un fantasma detrás de las paredes y como las arañas andas tejiendo espinas, conquistado alacranes, haciéndole el amor a las hormigas para atacar la casa de la rosa y del sueño.

Tú, que nunca saliste contemplar el cielo, ni desde tu guarida de lobo o animal pecuario supiste lo que era ver desnudarse el agua de un río en la mañana ni un bendecir a un niño, ni dar una limosna de libertad al preso ni brindar en la mano a las palomas, no puedes entendernos.

Apártate, te grito.

Deja que el corazón como una flauta se acueste a descansar con lista corderos.

México, 1948


Jessica Sanmartin Limes
UCV-Matemáticas

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